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Saludo a los cubanos 7 julio 2003. Señores legisladores: bienvenidos al Estado de Michoacán de Ocampo. En 1913 Francisco Inocencio Madero era presidente de la República Mexicana y vicepresidente José Ma. Pino Suárez. Algunos de sus principales partidarios en su lucha por el poder habían sido, uno, Francisco Villa, ranchero, y el otro, José Vasconcelos, abogado. La soldadesca se amotinó contra el presidente Madero e intentó derrocarlo. A instancias del embajador de EU en México Henry Lane Wilson, el general Félix Díaz, jefe de los amotinados, se entrevistó en la sede diplomática norteamericana con el general Victoriano Huerta, jefe de las guardias presidenciales, y ambos firmaron lo que históricamente se conoce como “pacto de la embajada”, a consecuencia del cual, el general Huerta depuso al presidente y al vicepresidente, y ordenó que los encerraran en los sótanos del Palacio Nacional. Como ustedes saben, EU derrotó a España en 1898, y a partir de entonces, la reemplazó en el dominio de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Fue un paso importante en la carrera imperial que inició en 1847. A los pocos años, el Caribe y el Pacífico se convertirían en lagos norteamericanos. Cuba, recién obtenida su independencia, estaba sojuzgada por la Enmienda Platt, a pesar de lo cual su embajador en México, Márquez Sterling, sabiendo que los ilustres detenidos, el presidente y el vicepresidente de México, corrían graves peligros, desplegó una intensa actividad diplomática para salvarlos. Propuso al presidente usurpador Huerta que se le permitiera trasladarlos a territorio cubano. Hizo las gestiones conducentes ante su colega norteamericano y la difundió en el cuerpo diplomático acreditado en México. No tuvo éxito. El embajador Wilson –el interventor- se desentendió del asunto y comentó que el depuesto presidente Madero estaba “loco”. Huerta, por su parte -el traidor-, ordenó que a los dos ilustres presos se les llevara a la Penitenciaría de San Lázaro (hoy Archivo General de la Nación) y se les internara en ella; pero al salir del automóvil que los conducía, sus custodios les descargaron un tiro en la nuca. Cuatro años después, en 1917, se promulgó la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, cuyos artículos 3, 27, 123 y 130 declararon que México era de los mexicanos y sus riquezas estratégicas, propiedad de la nación; que todo individuo tenía derecho a recibir educación obligatoria, gratuita, laica, democrática y nacional; que las tierras de las comunidades indígenas debían ser devueltas a sus legítimos propietarios; que los latifundios quedarían proscritos; que estos se distribuirían a los campesinos, conforme al principio de que la tierra es de quien la trabaja; que los trabajadores tenían derecho al salario mínimo, a trabajo igual salario igual, a un día de descanso semanal obligatorio, a la huelga; que el Estado tenía supremacía sobre las iglesias y que los ministros de los cultos carecían de derechos políticos. La jerarquía católica no aceptó el nuevo orden constitucional. Nueve años después se declaró en huelga, ordenó que se cerraran todos los templos y alentó un movimiento armado campesino, popular, “la revolución cristera”, que hizo erupción de 1926 a 1929 en Guanajuato, Jalisco y Michoacán, sobre el modelo de la que sostuviera el general Francisco Villa, qien había sido también asesinado. El movimiento armado de los cristeros quería restablecer la constitución liberal de 1857, sin las innovaciones sociales de 1917. Los caballeros rebeldes acostumbraban cortar las orejas a los maestros rurales y asesinarlos. (Algunos de ellos acaban de ser beatificados por el Vaticano). Pero, a pesar de su fuerza, la rebelión que llevaron a cabo no tuvo éxito. La jerarquía eclesiástica, al cabo de tres años, los traicionó, reconoció la Constitución de 1917 y reabrió los templos. Los “cristeros” se quedaron colgados de la brocha. No tuvieron más remedio que deponer las armas. Después de este fracaso, el maderista José Vasconcelos postuló su candidatura a la presidencia de la República. Había sido rector de la Universidad de México, a la que dio el lema “por mi raza hablará el espíritu”. En el ocaso de su vida, confesaría que al hablar de “raza” había hecho referencia a la suya, a la “criolla”, es decir, a la blanca, no a alguna otra, y que al hablar de “espíritu”, se había referido al “espíritu santo”, a ningún otro. Por consiguiente, el lema significa “por mi raza blanca hablará el espíritu santo”, "... hablará Dios". También había sido secretario de Educación Pública, en el gobierno de Álvaro Obregón, en donde desempeñaría un brillante papel gracias a su jefe. Sus seguidores, entre ellos Gómez Morín, le pidieron que fundara un partido político, pero Vasconcelos no quiso. Creía que su sola presencia sería suficiente para llenar las urnas. Perdió las elecciones. En la década de los treinta del siglo pasado, el Papa publicó una encíclica en la que se recomendó a los católicos del mundo que se organizaran políticamente, los ricos con los ricos y los pobres con los pobres. Los pobres, descendientes de los guerreros cristeros, fundaron la Unión Nacional Sinarquista (UNS), bajo el liderazgo de Carlos Abascal. Los ricos, descendientes de Vasconcelos, fundaron en 1939 el Partido de Acción Nacional (PAN) impulsados por Gómez Morín. A pesar de sus estrechos vínculos ideológicos, los ricos siempre despreciaron a los pobres y estos siempre desconfiaron de aquellos. Los panistas han crecido hasta formar el segundo partido político de México. Los sinarquistas han decrecido hasta su mínima expresión. Sus últimos remanentes, agrupados en dos pequeños partidos, están en proceso de extinción: el Nacionalista Mexicano (PNM) y el Alianza Social (PAS). Paradójicamente, los que tienen el poder en México son descendientes de sinarquistas -aunque disfrazados-, no de panistas. Vicente Fox es sinarquista, no panista. Utilizó al PAN para escalar a la presidencia de la República. Salvador Abascal, secretario de Trabajo y Previsión Social, es hijo de Carlos Abascal, fundador del movimiento sinarquista, no panista. Los panistas, por su parte, son senadores y diputados al Congreso de la Unión, gobernadores de algunos Estados de la República, legisladores locales y presidentes de algunos municipios del país. El senador Fernández de Ceballos es su líder. A pesar de los vínculos ideológicos que los unen, los herederos del panismo y del sinarquismo -los Fox y los Fernández- siguen teniéndose desprecio y desconfianza mutua. Sin embargo, sus metas son las mismas. No han cambiado desde 1917: restablecer el liberalismo –bajo su forma de neoliberalismo- o, dicho de otro modo, derogar los principios constitucionales de carácter nacional y social, principalmente lo que queda de los artículos 3, 27, 123 y 130 de la Constitución Política. A partir de 1991 lograron importantes avances, gracias al apoyo de sectores decisivos del PRI: privatizaron la propiedad ejidal y lograron que se reconociera la personalidad jurídica de las asociaciones religiosas denominadas iglesias así como los derechos políticos de los ministros de los cultos. Y en 2000 obtuvieron la presidencia de la República. Pero su programa es más ambicioso: quieren privatizar (léase entregar al extranjero) desde la educación, la salud y los sistemas de seguridad hasta los recursos estratégicos de la Nación, el petróleo y la electricidad; desean “flexibilizar” las relaciones laborales hasta dejar a los trabajadores al arbitrio de las empresas, y han pretendido utilizar al Estado mexicano como punta de lanza de los sectores más agresivos de Miami y Washington para intervenir en los asuntos internos de Cuba. Por fortuna, han tenido contrapesos que se los ha impedido hasta la fecha. Por otra parte, para rendir homenaje a José Vasconcelos, han levantado una gran biblioteca nacional, iniciativa que ha ganado el reconocimiento público. Pues bien, ahora, quiéranlo o no, estarán obligados a recordar también al presidente Madero, víctima de la grosera intervención norteamericana en los asuntos internos de México. Quizá, al hacerlo, recuperen la memoria histórica y se den cuenta de que no son las soberanías nacionales las que están supeditadas a los derechos humanos, como ellos lo sostienen, sino al contrario: son los derechos humanos los que dependen de las soberanías nacionales. Señores legisladores cubanos: reciban la permanente gratitud del pueblo mexicano por los admirables y heroicos esfuerzos que hizo el embajador de Cuba Márquez Sterling para salvar la vida a los ciudadanos Madero y Pino Suárez, presidente y vicepresidente de la República. Los mexicanos nunca lo olvidaremos. |